lunes, 25 de julio de 2016

En ascuas (2/7)

Recuerdo número II:
—¿Seguro que no quieres que te ayude? —pregunto, ansiando sentirme útil.
—No, de verdad que no. Lo quiero hacer yo mismo. Lo debo hacer yo mismo. Que es la boda de mi hermano, coño —responde León Machado.
—Ya lo sé, pero, joder. Soy yo el que quiero ganarme la vida escribiendo. No es por entrometerme, es simplemente que me gustaría participar, ¿entiendes? Formar parte, en cierta manera, de todo esto.
León Machado se queda un momento callado, reflexionando. Me fijo en que la gente empieza a dirigirse a sus asientos. La ceremonia está ya por empezar.
—Mira —me susurra León, sacándose un folio arrugado del bolsillo—. Tengo aquí unas cuantas ideas, un esbozo. Luego, a la que haya un momento libre, nos escabullimos por ahí y me dices qué te parece, ¿vale?
Asiento con la cabeza y, entre los dos, se manifiesta silenciosamente un hombre. Es alto, calvo y le sobran unos cuantos kilos, pero se mueve con soltura por toda la finca. Seguramente se trate del organizador del evento.
—Disculpad —dice el hombre, muy formal—. Si tenéis la bondad de ir hacia allí…
E incluso la maldad, pienso para mis adentros, pero no digo nada. Sigo con la vista la dirección en la que apunta su índice y me fijo por primera vez en la escenificación:
En mitad del césped, a merced del viento, hay dos islas de sillas separadas por un pasillo de aire. La familia del novio ocupa el ala derecha, y los familiares de la novia hacen lo propio con la izquierda. Hay más personas que asientos, por lo que sólo aquellos que están seguros de merecer uno se atreven a tomarlo; madres, padres, hermanos, cualquiera que sea familiar directo deja a un lado la duda y ocupa las primeras filas, los puestos de honor. Más atrás van sentándose los primos y demás familiares lejanos. Hay varios que vienen de muy lejos, del Perú, así que seguramente piensan qué más da, he recorrido miles de kilómetros para llegar hasta aquí, bien me merezco sentarme un rato.
León me ha abandonado para colocarse en primera fila. No sólo es el hermano del novio sino también uno de los testigos. Hay una silla libre a su lado y, por un momento, estoy tentado de apropiármela. No lo hago. Sólo soy un amigo, no hay sangre de por medio, y para más inri, no vengo de otro continente sino desde Palma. En lugar de recorrer miles de kilómetros he recorrido decenas. Mejor me quedo de pie.
De golpe, la marcha nupcial me saca de mis ensoñaciones. A lo lejos, la novia  recorre extática el camino hacia el  altar. La miro a los ojos cuando pasa a mi lado pero ella no me ve a mí. Está fuera de sí, como si no acabara de entender la realidad, como si se estuviera casando otra.
A mi derecha se acaba de instalar un hombre que me llama la atención. Su atuendo es implacable: americana, camisa blanca, corbata a juego, pantalones de vestir, zapatos negros lustrados, calcetines oscuros largos; incluso un par de gemelos brillantes le adornan los puños. Como contrapunto, para equilibrar tanta solemnidad, luce una barba vikinga, roja, frondosa, exuberante. Se da cuenta de que lo estoy examinando y se ríe.
—¿Eres el amigo de León?
Asiento con la cabeza pero no me atrevo a contestar. El hombre alto y calvo del que hablaba antes está ahora junto a los novios, pidiendo silencio. Imagino que él mismo será el encargado de oficiar la ceremonia, y no me equivoco. Una vez que logra acallar los murmullos comienza el espectáculo.
El vikingo y yo escuchamos con gravedad cada una de las palabras. Estamos en posición de firmes, tomándonos  en serio la perorata. Tras unos pocos minutos, llega el turno de los discursos. Una luz se me enciende en la cabeza: ¿Le va a tocar hablar a León ya? Yo creía que los discursos eran para después del banquete. La duda no me dura mucho tiempo. Apenas termina el parlamento del padrino del novio cuando el señor alto y calvo, al que a partir de ahora llamaremos don Limpio a modo de broma, toma la palabra:
—Y ahora —dice don Limpio, sin perder un ápice de solemnidad— León Machado nos deleitará con unas cuantas palabras.
León se levanta y se sitúa junto a su hermano. ¡Está temblando! Nos separan veinte metros pero aun así me mira. Estoy jodido, parece que me quiere decir, creía que tendría más tiempo. Pues no, no lo tienes. Te toca improvisar.
León Machado contiene el aliento. Todos los que estamos allí congregados le imitamos.
—Lo primero de todo —dice finalmente mientras expulsa todo el aire— es que estoy temblando. Yo pensaba que iba a tener más tiempo, pero ya veo que no               —continúa León, confirmando mis sospechas a la vez que enseña el papel doblado a modo de excusa—. En fin, no sé muy bien qué decir. Como que me he quedado en blanco. Sin embargo —dice ahora,  mirando directamente a su hermano, ¿quizá repentinamente inspirado?— voy a explicaros algo: de muy jovencito, en una casa donde ya no vivo, tenía la costumbre de subir a la azotea con mi hermano a jugar. En la terraza de enfrente nos esperaba un amigo, y él y mi hermano se pasaban las horas tirándose la pelota de un lado al otro. Más tarde ese amigo se convertiría en Rudy Fernández,  que para quien no lo sepa, especialmente los de fuera, es uno de los mejores jugadores de baloncesto nacidos en la Isla. ¿Cuál era mi papel en todo esto? Seguramente es la pregunta que os estáis haciendo, pues bien, muy fácil; cuando la pelota caía a la calle, yo era el encargado de ir a buscarla. Y ahora, a lo que iba, mi padre, aquí presente, tiene una frase que solía repetir de vez en cuando: decía que le había salido un hijo listo y un hijo tonto. Yo no voy a decir cuál es cuál, juzguen ustedes mismos.
La tarde se está volviendo amarillenta con los últimos rayos de luz solar. La escena ha quedado paralizada. Las cabezas de todos nosotros están ocupadas resolviendo el significado de las últimas palabras de León Machado. Gradualmente, a medida que se va desgajando el misterio, comienzan los aplausos. Al principio suaves, tímidos, pero rápidamente van in crescendo hasta convertirse en una gran ovación.
A mi vera, el vikingo aplaude con fiereza. Yo, por supuesto, también. Veo a León junto a su hermano, los dos situados apenas a unos pocos pasos de su padre. La situación se presta a confusiones, así que aprovecharé para aclararlo: el hermano de León, el novio, se llama Manuel Machado. El padre de los hermanos también se llama Manuel Machado. Para distinguirlos, llamaremos Júnior al novio y Sénior al padre. A León, como no hay duda que valga, seguiremos llamándolo León.
Entonces, como iba diciendo, León y Júnior se están abrazando, la felicidad es visible en sus ojos y el cariño tangible en sus gestos. Fe, la novia, qué digo, la mujer de Júnior, se los queda mirando con sendos lagrimones deslizándose por las mejillas. El ambiente es alegre y amable; invita a las confesiones a media luz, al sentimentalismo más oculto. Pero hay un rostro que desentona con el resto. Me fijo en la posición que ha adoptado Sénior: está completamente erguido, adoptando una postura prácticamente militar. Hombros y pecho fuera, los brazos muertos, estirados en los laterales y las manos relajadas. La barriga, normalmente redonda y prominente, ahora está algo disminuida gracias a los esfuerzos de Sénior por disimularla. Me fijo en su semblante y me sorprende lo que veo. Donde pensaba encontrar dicha y satisfacción sólo veo seriedad, mucha seriedad: la mandíbula apretada, el cejo fruncido, las arrugas de la frente marcadas, indicando preocupación. Finalmente me percato del estado de sus ojos, azules como los de León. No dejan entrever ninguno de los sentimientos que he mencionado antes. Sus ojos brillan, mostrando la emoción que tan tenazmente trata de ocultar su cuerpo. Sénior no me ve, está ocupadísimo observando a sus dos hijos. No está serio, me digo a mí mismo, simplemente no cabe en sí de orgullo.
Don Limpio da la ceremonia por terminada y el gentío se dispersa. Aprovecho el momento y busco a León, quien solícito, responde con amabilidad a cada una de las personas que quieren felicitarlo, por el discurso, por la boda, por su camisa, qué sé yo.
—¡Jota! —dice al verme—. ¿Qué te ha parecido? Me ha pillado un poco en bragas, tío, pero he improvisado lo mejor que he podido.
—Muy emotivo —respondo—, y muy sincero. Parece que a la peña le ha molado.
—Perfecto, y ahora, a emborracharnos, ¿no?

—Dale. Y si algún día te casas tú, que sepas que me curro el mejor discurso de la historia.


lunes, 18 de julio de 2016

En ascuas (1/7)



—Los hombres somos como suspiros que, mecidos por el viento, buscan el amor. Suspiros frágiles, escurridizos, volátiles —dice Manuel Machado.
Quería empezar la historia con esta cita. ¿Quién es Manuel Machado? Un poeta, un poeta famoso. Hermano de otro poeta famoso, Antonio Machado: caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Te suena, ¿verdad? Sí, lo sé. Pero me estoy quedando contigo. Lo único que comparte el hombre que acaba de hablar con el Manuel Machado famoso es el nombre. Este otro Manuel Machado es una personalidad reconocida por otras cosas, principalmente por ser el padre de mi amigo León. Pero, poco a poco, que me estoy adelantando.
León Machado, su padre, Manuel y su hermano, también llamado Manuel, serán algunos de los protagonistas. Pero habrá muchos más.  Hablaremos de amistad, de neurociencia, de pasar hambre. Pero no nos limitaremos únicamente a estos temas. ¿Somos realmente frágiles suspiros? Quizá lo descubramos.
Jorge Feix al habla. Tengo muchas cosas que contar. Sólo daré una pista: todo lo relatado acontece en un lapso de dos días; el día de la boda y las vísperas de éste. Ésa es toda la información que te doy. Se trata de un viaje por mi memoria para el que no hay mapa. Si quieres uno, te lo dibujas tú mismo.
Todavía haré una concesión más: el recuerdo número uno será también el primero en el eje cronológico. A partir de ahí, la temporalidad corre por tu cuenta.
Ahora, por fin, pongámonos manos a la obra. Abramos la función con una pregunta: ¿Donde empiezan todas las historias que valen la pena?
Si me conoces, ya sabes que la respuesta sólo puede ser una; en el coche de Diego Santana.


Recuerdo número I:
Ahí avanza el Volkswagen Passat plateado, dejando tras de sí una estela en llamas. La verdad es que estoy exagerando.  Pero sí que iba bastante deprisa. Diego es un buen conductor, pero la prudencia no es su fuerte. Si lo ve oportuno, no desaprovecha la oportunidad de acelerar hasta sentir esas cosquillitas en el estómago producto de la velocidad. Por lo demás, circulábamos en silencio.
Hay amistades que te permiten el silencio, las hay que no. Diego es una de las que sí lo permiten. Podíamos pasarnos minutos enteros, él siempre como piloto, conduciendo, yo siempre de pasajero, reclinados en los asientos de cuero, cada uno perdido en sus propias cavilaciones sin sentir la necesidad imperante de compartir nada. Compartíamos el silencio, la ausencia de ruido, la tranquilidad que te concede saber que estás acompañado a la vez que mantienes tu propio espacio  personal. Así, con el estómago atenazado y el viento fresco entrando a ráfagas por la ventanilla bajada es como se me han ocurrido (o directamente me han ocurrido) algunas de las mejores historias.
Arriba la noche está bien cerrada, ya que la contaminación lumínica propia de las ciudades nos impide ver cualquier estrella, pero da igual. Ya hay suficientes astros a ras de suelo como para tener que ir a buscar los más alejados. Diego con la vista fija en la carretera y yo también con la vista fija en la carretera, los dos pensativos, casi confinados en nuestros propios miedos, cada uno en los suyos propios. De golpe, en una rotonda, hay estacionado un coche patrulla de la Guardia Civil. Pasamos de largo sin que los agentes nos llamen la atención. El camino sigue, otro par de rotondas, hemos tomado el desvío equivocado, debemos volver atrás. Diego Santana suelta unos cuantos improperios pero se resigna. Volvemos a la rotonda primera, donde hemos encontrado a la Guardia Civil apostada. Al vernos por segunda vez quizá piensan que somos sospechosos de algo y nos dan el alto. Se acerca a la ventanilla de Diego un hombre bajito con bigote falangista:
—Buenas noches, caballeros —dice el Guardia Civil—. ¿Tienen algún problema?
—Para nada, agente, todo correcto —responde Diego con muy buenos modales.
—Es que me he fijado en que su vehículo tiende a desviarse ligeramente hacia la izquierda —insiste el otro.
—Ah, no se preocupe por eso, agente. Es que los dos somos votantes de Podemos.
El policía no dice nada más. Vuelve a su vehículo a pasitos cortos, cabizbajo. Nos hace un gesto, como diciendo adelante, seguid vuestro camino. Y vaya si lo vamos a seguir.
Miro a Diego Santana, él me mira a mí. Nos ponemos a reír a carcajada limpia. Enciende y apaga las largas a modo de celebración. Si antes estábamos pensativos, ahora estamos eufóricos.
—Es cierto, Jota —dice Diego Santana.
—¿Qué es cierto?
—Esto no ha hecho más que empezar.
Paramos en una gasolinera. Son las diez de la noche y no queda ya ningún supermercado abierto. Diego me espera en el coche y yo me apeo para comprar algún detallito. No queremos presentarnos con las manos vacías.
—Buenas noches —le digo al dependiente, situado éste detrás del mostrador con una increíble cara de sueño—. ¿Tienes algún vino blanco?
El tío me mira como si le hubiera preguntado algo absurdo. Se queda unos cuantos segundos quieto, posiblemente engrasando los engranajes de su cerebro, y finalmente se da la vuelta para coger una botella. Me la alcanza sin decir nada.
—Disculpa —le contesto yo tras examinar la botella— pero esto es un tinto.
—Vaya —dice el otro, recogiendo la botella y cambiándomela esta vez por una de vino blanco—, yo es que no sé mucho de vinos. Con eso de blanco creía que te referías a la etiqueta.
Pago lo que debo, me pongo el vino bajo el brazo y vuelvo andando tranquilo hasta el coche. Le cuento la anécdota a Diego y empezamos a mofarnos del dependiente. Igual resulta un poco injusto, pero nos sube el humor. Entre bromas recorremos los últimos kilómetros y llegamos por fin a nuestro destino.
Se trata de una casa de campo. Más de 10.000 metros de terreno, según nos explicarán más tarde. Diego aparca el Passat junto a otra media docena de coches. Parece que llegamos los últimos.

El edificio está a apenas unos cuantos pasos. Una casa de una sola planta, espaciosa, recién pintada. La rodea una terraza con mesas y sillas, donde la gente se saluda, charla y espera pacientemente a que llegue la comida. El telón de fondo perfecto para una buena historia.


¡Si te ha gustado, sígueme!

lunes, 6 de junio de 2016

Marineros de agua dulce.

Para empezar, voy a tener que saber quién eres. De otra manera, esto sería muy injusto.
Tú sabes quién soy yo. Conoces mi nombre, mi carácter, mi cara, quizá mi dirección o mi teléfono. Tienes a tu disposición toda la información que puedas desear, y sin embargo, yo no tengo nada.
Quiero que hablemos. Es decir, tú y yo, vis a vis, que tengamos una conversación. Es más, quiero contarte una historia. Es una historia que acaba con un hombre sacando la mano por la ventanilla de una Ford Transit. ¿Te interesa? Igual, como final, te parece algo insulso. No te falta razón.
Está bien, no es un solo hombre. Hay dos de ellos. Uno es el conductor de la Ford Transit. Si no estás familiarizado con el modelo, es hora de  saber que se trata de una furgoneta de nueve plazas. El otro, el que no conduce, lleva sobre la cabeza el gorro que lo distingue como capitán de barco, aunque, como me conoces, ya lo sabes: ni de coña es capitán de barco.
Lo que me lleva al principio. Si queremos que la comunicación sea genuina, yo también necesito saber cosas sobre ti, y eso supone un reto: escribo antes de tener ni la más remota idea de quién lo va a leer. Por lo tanto, sólo me queda preguntar.
¿Te ganas la vida especulando? ¿Eres alguna clase de bróker de los que no titubean a la hora de arruinar países siempre y cuando resulte beneficioso para ti? No hace falta que sigas leyendo. Puedes dejarlo aquí mismo, de todas formas, no ibas a entender nada.
—Mira, la primera vez que vi al contramaestre —dice el conductor— estaba recostado en una columna, justo debajo de un cartel de no fumar. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, muy serio, y sólo abandonaba esa postura para llevarse una mano al puro y sujetarlo mientras exhalaba el humo.
—Ese tío mandaba más que el capitán, ¿verdad? —pregunta el otro—. Él era la ley en el barco.
—Era más que la ley. A veces, obedeces la ley por miedo a las consecuencias. Al contramaestre lo obedecían todos por respeto. Ese hombre se cagaba en tu puta madre como quien te da los buenos días, y se tomaba su trabajo como si fuera su vida: alguien tiene que decidir cómo y cuándo se coloca la carga en el barco; si el capitán quiere salir a las 8 en punto, más le vale contar con un contramaestre eficiente. Y este lo era. Vaya si lo era. Hasta tal punto que el capitán se descubría la cabeza al saludarlo. Y el contramaestre, por respeto a la jerarquía, no se metía con su madre.
Antes de continuar, otra pregunta. ¿Te interesa mucho el dinero? ¿Es tu objetivo llegar a ser rico? ¿Los teléfonos móviles te duran seis meses hasta que ansías el nuevo modelo? ¿Necesitas ir a comprarte unos zapatos nuevos cada vez que te sientes solo y ahogado? Si alguna de las respuestas es sí, lo siento. Aquí sólo vas a perder el tiempo.
—La verdad es que está guapo —dice el compañero del conductor mientras que se ajusta el gorro—. Aunque me viene algo grande, pero es normal porque tengo un cabezón. Fíjate, hecho en San Fernando, Cádiz, nada de China o Taiwán. Totalmente patentado. Prohibida la imitación de la misma o alguno de sus componentes. No se andan con chiquitas, ¿eh?
—El último día —responde el conductor— me pasé por el puente de mando a despedirme. Le di la mano al capitán y también le di las gracias, así, en general, sin especificar por qué estaba agradecido. El buen hombre se quedó contento, posiblemente pensando qué buen chaval, qué detalle tiene al despedirse, y realmente yo le estaba dando las gracias por su sombrero. ¡Me lo llevé en su cara y ya verás cuando se dé cuenta!
Hay risas mezcladas con acelerador. El conductor es hábil y lleva la furgoneta a la izquierda para avanzar a unas cuantas tortugas. Podría mentir y decir que conduce por la ruta 66, la Mother Road, y también podría decir que el conductor es Neil Cassady y su compañero no es otro que el grandísimo Jack Kerouac; que pasan por Denver en dirección a San Francisco o Los Ángeles, en California, pero qué va. Se trata de la autopista de Inca, aquí en la Isla. ¿Y ellos dos? ¿Quieres saber quién son?
Pues primero te toca a ti. ¿Qué opinas de la vida? Y sí, ya sé que es una pregunta muy vaga. Quiero decir, si tu fin no es el dinero, ¿qué buscas? ¿La fama? ¿La gloria? ¿La felicidad? Espera, ¿quizá el amor? Si buscas algo de esto, no hace falta que dejes de leer, pero escúchame: estás equivocado. Pero eso ya lo sospechabas, ¿verdad?
—Este gorro está maldito, Jota —dice el conductor, Diego Santana—. Me he pasado la noche sin dormir. Tenía miedo de que me llamaran y me acusaran de ladrón. De que me obligaran a volver a Valencia sólo para devolverlo. Lo he traído para ti y ya está, pero ahora no lo quiero volver a ver.
—No está maldito, no —contesta Jorge Feix—. Es simplemente un símbolo. Quizá es así como se hace un nuevo capitán, ¿sabes? Hay un número concreto de capitanes en este mundo, y cuando entra un nuevo, tiene que irse el viejo. Quizá éste es el método de selección: aquél que sea capaz de hacerse con el gorro ostentará el título. Quizá te has ganado el derecho a ser capitán, Diego.
—Yo lo único que sé, Jota, es que me lo he puesto nada más que un segundito y, tío, te lo juro, el muy cabrón, sí, el gorro, sin boca, sin labios, ha pronunciado una palabra inaudible, la ha enviado directamente a mi cerebro.
—¿Qué te ha dicho?
—Gryffindor.
Diego Santana siempre encuentra la manera de convertir una conversación solemne en una broma. No sé si es su mejor cualidad o su peor defecto, posiblemente una mezcla de las dos. De todas formas, poco a poco, vamos avanzando. Ya sé que no sabes muy bien lo que buscas, y si te soy sincero, yo tampoco. Si has aguantado dos páginas y media será que en algo nos parecemos.
Diego Santana pulsa el botón que baja ambas ventanillas. El viento atraviesa el vacío que antes ocupaba el cristal y por poco que no se lleva el sombrero de Jorge Feix. El sol cálido de principios de junio acaricia sus rostros y calienta el estado de ánimo.
¿Sabes lo que es la depresión? ¿Crees conocer bien la tristeza? Tranquilo, no son preguntas trampa, a estas alturas no te voy a pedir que pares de leer. Al revés, continúa. Yo lo preguntaba porque supongo que para cada uno de nosotros debe ser algo distinto. Pero tampoco es una pregunta totalmente inocente.
Voy a ponerte un ejemplo práctico: eres camarero en el bar del Camp Nou y haces jornadas de nueve horas. Tu jefe, un cubano cocainómano, tiene el cerebro tan frito que es incapaz de articular dos órdenes seguidas sin cortocircuitarse. Y, cuando la caga, porque inevitablemente la va a cagar, el culpable eres tú, el nuevo, que no presta atención cuando le hablan. Cerca de ti, encerrados en las cocinas, están los lavaplatos; no los aparatos sino las personas que tienen ese trabajo. Son dos, uno es kazajo y el otro paquistaní. Uno es muy callado y el otro extrovertido. Apodan Habibi al extrovertido, varón, más de cuarenta años, también más de cinco hijos en su país natal, trabaja jornadas de 12 horas sin parar y sin rechistar, y su único capricho es pedirte que le traigas un donuts cuando se despista el encargado.
Vale, ¿por qué te cuento esto? ¿Qué tiene que ver con Feix y Santana? ¿Y con todo lo otro? Tiene que ver con la tristeza. Habibi no está triste, a Habibi lo explotan, lo maltratan y lo timan, pero no está triste. El que está triste eres tú, con tus jornadas de nueve horas para conseguirte poco más de mil pavos al mes. ¿Por qué estás triste? Quizá no creas que estás triste. Simplemente un poco incómodo. Porque tienes un trabajo de mierda en un mundo de mierda, porque los inocentes como el pobre Habibi siempre son los primeros en caer y los cubanos cocainómanos, sin escrúpulos, tienen vía libre hacia la cima de la pirámide. Y tú estás triste, incómodo, deprimido, pesaroso… llámalo como quieras, pero estás así porque te das cuenta de que está mal. Nos dicen que el bien y el mal son ideas muy complejas; que todo es cuestión de perspectiva. Pero tú, y por eso me lees, estás seguro de que aquí hay algo que está jodidamente mal. Y, otra vez, tienes toda la razón.
—Mira, Diego —dice Jorge Feix mientras señala con el dedo—. Ese tío saca la mano por la ventanilla.
Efectivamente, unos pocos coches más adelante había un Peugeot 206 rojo. El piloto había extendido el brazo por la ventanilla, con la palma de la mano abierta.
—¿Y éste qué quiere? ¿Cambiar de carril?
El Peugeot 206 pone el intermitente izquierdo pero se mantiene en su carril. Resulta difícil adivinar sus intenciones. Diego Santana aguarda unos segundos, dándole tiempo y espacio para que pueda maniobrar. El Peugeot 206 sigue recto, a velocidad constante, como si todo aquello no fuera con él. El piloto sigue con el brazo extendido.
No sabes lo que buscas ni te conformas con lo que tienes. Ése es el resumen. La verdad, estoy contento de haberte conocido. Es reconfortante darse cuenta de que mi situación no es única, que hay más gente que piensa y siente como yo. Pero, ¿hay alguna solución? Te dejo con la que nos ofrecen Santana y Feix.
—Jota, prepárate. Hay trabajo que hacer.
Con tan pocas palabras, Diego Santana aprieta el acelerador a fondo para acercarse lo máximo posible al Peugeot rojo. Jorge Feix entiende su mensaje y, servicial, se prepara para llevar a cabo su cometido. Imitando el piloto del Peugeot, saca el brazo por la ventanilla. Los dos vehículos se van acercando hasta que quedan prácticamente en paralelo. Jorge Feix y el piloto del Peugeot se miran con solemnidad el uno al otro, y, levemente, con mucho cuidado, chocan los cinco a ciento veinte kilómetros por hora. Luego los coches se separan y no se vuelven a ver jamás.
—¿Y ahora qué, Jota? —pregunta Diego Santana.

—Ahora nos toca buscarte un barco —confirma Jorge Feix mientras vuelve a ajustarse el sombrero de capitán.


domingo, 24 de abril de 2016

John Baileys S.A. — Departamento de Publicidad.

Llovía tanto que las calles estaban increíblemente limpias, aunque no precisamente de basura. Eso es imposible. Chicles agarrados con fuerza al pavimento, envoltorios perdidos meciéndose con el viento, cagadas de perro que poco a poco se diluían a causa de las gotas, para pesar de las moscas que las rondaban.
Las calles estaban limpias de gente. Una ciudad entera a mi disposición... Quizá en mi cabeza. Taxis, autobuses y vehículos particulares ocupaban la calzada, lanzaban bocinazos a discreción y frenaban ruidosamente a  la que tenían una mínima oportunidad, perturbando la paz que me proporcionaba la lluvia. Sin embargo, al menos me quedaban las aceras. Parecía que nadie quería usarlas. O quizá estaban fuera de servicio.
A lo lejos, donde apenas alcanzaba mi vista, podía contemplar cómo, escondida en algún portal, recelosa de echarse a la calle, se hallaba alguna que otra sombra misteriosa. Escudriñaba la escena al abrigo del umbral, atreviéndose como mucho a extender la mano con la palma hacia arriba, dispuestas retirarla al mínimo contacto. Quién hubiera dicho que se trataba de simple agua y no de ácido sulfúrico. Estas sombras y yo éramos los únicos transeúntes.
La cuestión es que la lluvia limpiaba las calles de gente y eso siempre me ha parecido muy correcto. Muy higiénico, muy alentador. Los momentos en el que llevar un paraguas no es garantía de nada… esos son los momentos que a mí me gustan. Y aquella mañana era sin duda importante; los detalles son importantes, y que un día importante empiece de una manera adecuada siempre es un buen auspicio.
¿Por qué era importante? Porque tenía una entrevista de trabajo.
Me vestí de oscuro, pretendiendo ser solemne, serio, fiable. Zapatos negros, calcetines negros, no excesivamente gruesos, pantalones vaqueros azules, camisa negra recién planchada. No llevaba cinturón. Me cubrí con mi gabardina, también negra, y gané la calle con determinación. Tuve que caminar aproximadamente media hora a buen paso y no me mojé en absoluto. Teniendo en cuenta las circunstancias, puedo decir que llevé a cabo poco menos que una gesta épica.
Me planté en el tercer piso del inmueble. Una secretaria muy amable me hizo pasar a una salita curiosa, pues estaba adornada de forma peculiar.
Las persianas estaban completamente cerradas y no pasaba ni un ápice de luz solar, aunque con aquellos nubarrones en el exterior tampoco habría entrado mucha. A pesar de que era pronto por la mañana, la oscuridad hubiera sido total en aquella salita de no ser por la luz artificial. Me dejé caer en el único sofá que había, en la parte central de la estancia, y me fijé en las dos lamparitas que la alumbraban de forma irregular y casi antagónica: si dejabas la vista justo en el medio, permitiendo que el rabillo de un ojo captara una luz y el otro, otra, acababas por volverte loco. Una de las luces era azulada, triste, vacía. Estaba situada a izquierda, la altura del suelo y tenía la cualidad de hacerte desear que se acabara el mundo de una vez por todas. La otra, a la derecha, era rojiza, viva, caliente. Colgaba del techo, como un sol improvisado, y servía como contrapunto a las ansias de suicido que causaban su rival.
Me pregunté si todo aquello era una prueba. ¿Qué clase de demente decora su salita de espera de ese modo? Empecé a realizar conjeturas sobre mi entrevistador. Supuse que era un hombre de mediana edad, maduro, que digamos. Canoso, muy bien vestido, posiblemente traje y corbata, engominado y por supuesto se me acercaría con una sonrisa impecable y un olor demasiado a fuerte a colonia, ligeramente irritante.
La voz de la secretaria me sacó de mis ensoñaciones: me llamó por mi nombre y me invitó a pasar a lo que me pareció una oficina normal. Escritorio, ordenador, estantería con libros, silla con ruedas para el dueño del escritorio y sillón cómodo para el visitante. Antes de cruzar el umbral oí una risa que sólo puedo describir como sexy y pensé, qué raro, porque la secretaria está más bien gordita y no es muy agraciada, por lo que su risa no debería parecerme sexy, pero es que me había equivocado por completo.
No con la secretaria. Mi evaluación era totalmente pertinente, y es que esa muchacha era un cardo. Pero sí que había oído una risa sexy. Allí donde esperaba encontrar el hombre maduro había una señorita sexy. Pelo alisado y negro azabache, nariz pequeñita, ojos grandes, saltones, maquillados con gracia, mejillas algo pálidas pero tampoco podemos ponernos exquisitos. Estaba hablando por teléfono y, no sé qué le debieron decir, pero se le escapó una risita sexy antes de que pudiera darse cuenta de que yo estaba en la oficina.
Cerré la puerta con suavidad a modo de carraspeo, una forma educada de anunciar mi presencia. Ella se giró de golpe, como si la hubiera atrapado in fraganti, pero sólo estaba hablando por teléfono. ¿Qué puede tener eso de malo? No lo sé, pero colgó de inmediato y adoptó una posición muy formal, muy comedida; una posición que parecía haber ensayado largamente ante el espejo. Dubitativa, sin saber muy bien qué hacer, si darme la mano, si darme dos besos, se acercó torpemente y me estrechó la oreja con poca delicadeza. Yo respondí igual, estrechando la suya, aunque, veterano de mil entrevistas, yo sí supe agarrarle el lóbulo con destreza y sacudirlo sin desequilibrarla ni siquiera un poquito.
Iniciamos una charla típica, de protocolo. Bienvenido, mi nombre es tal, siento la espera… Al cabo de dos minutos de parloteo insustancial me fijé en que una gotita de sudor le resbalaba por la frente, afeando tenuemente su rostro. Decidí romper el hielo entrando en lo personal, y le pregunté con franqueza si era la primera vez que entrevistaba a alguien. Agradecida por la salida que le ofrecía, me contestó que sí, y que su falta de experiencia la hacía estar un poco nerviosa. La insté a relajarse y continuar con su faena, que lo estaba haciendo muy bien. Al fin y al cabo, tampoco me gusta el el sufrimiento ajeno, y todos hemos sido novatos alguna vez.
Sacó de algún cajón un folio con unas cuantas anotaciones además de una carpeta con mi nombre escrito en ella. Me dijo que sería mucho más fácil si tenía el guión delante y yo no le puse ningún impedimento. Una vez estuvo lista, arrancó con la batería de preguntas típica de cualquier entrevista.
El proceso duró aproximadamente una media horita, y creo que me defendí bastante bien. Su tono de voz ganaba entereza a medida que su confianza aumentaba. A los diez minutos estuve totalmente seguro de que llegaría a ser una gran entrevistadora. Pero eso es otra historia.
Lo realmente interesante es la última pregunta que me propuso. Inspiró profundamente, y en sus ojos leí una advertencia: prepárate, parecía decirme, que ésta es la buena, la decisiva, la capital:
Cuénteme alguna anécdota personal que lo defina, me dijo sin mirarme a los ojos y tratándome de usted por primera vez, seguramente porque había leído la pregunta directamente de sus apuntes.
Estuve pensando durante un buen rato. ¿Qué le puedo contar? Quería impresionarla, vaya si lo quería, y no me faltaban anécdotas por contar. Tengo un buen repertorio de historias, pero debía encontrar la óptima.
Que me defina, eso es lo importante. Pero también quiero el trabajo, claro está. Para eso me presento a la entrevista.
Todo esto pasaba por mi cabeza pero mis labios estaban sellados. La señorita me miraba, intrigada,  con las cejas ligeramente arqueadas, como si me desafiara a sorprenderla. Un desafío es un desafío, me dije, y decidí apostarlo todo al rojo:
Pues mira, le dije tuteándola, voy a explicarte una historia que me define bastante bien. El agosto pasado reservé un billete de barco, pero no un barco cualquiera. Quería irme de crucero por las islas griegas, Mikonos, Lesbos, Delfos. La verdad es que no soy muy bueno con los nombres, además de que sufrí un ligero percance. Y eso es lo que quería relatar.
Me embarqué en Atenas, como no, pero apenas avanzamos unas cuantas millas cuando empecé a sentirme enormemente mareado. Salí a la cubierta y la noche era hermosa y fresca, plácida, una ligera brisa acariciaba mi rostro y las luces de los ojos de buey me parecían relajantes e hipnóticas. A pesar de encontrarme en un sitio inmejorable, todo se movía bajo mis pies. El mundo empezó a dar vueltas y yo con él, incontrolable. Traté de asirme a cualquier cosa, pues tenía miedo a caer, pero no lo logré. Muy a mi pesar, caí por la borda como un tonto y acabé de boca en el mar.
Grité con todas mis fuerzas, auxilio, ayuda, help, pero nadie me oyó. El azar quiso que me encontrara solo en la cubierta y, teniendo que cuenta que viajaba solo, nadie echó en falta mi presencia.
A medida que veía como el crucero se alejaba de mí a ritmo constante me resigné a tener que sobrevivir sin ayuda externa. Adopté la posición vulgarmente llamada del muerto y me dejé mecer por las olas, convencido que mis ganas de vivir serían suficientes para doblegar las fuerzas de la naturaleza.
Créeme o no, sobreviví. Por algo estoy ahora aquí. En algún momento perdí el conocimiento, pero no me ahogué. Vagué sin rumbo, allí donde las corrientes marinas quisieran arrastrarme, para amanecer varado en la arena de alguna playa paradisíaca, cubierto de sal y empapado hasta los tuétanos.
Nada más despertarme, realicé un barrido con la vista en busca de alimentos. Unos carbohidratos me hubieran venido de perlas, pues estaba extenuado y necesitaba recuperar energías. Muy a mi pesar, allí no había nada para comer. Sólo arena y más arena hasta donde alcanzaba mi vista. Arena y, un momento, qué es esto.
Junto a mi lado, como si hubiera naufragado conmigo, medio enterrada, pude ver el cuello de una botella de cristal. Tiré de ella y cedió, desvelando su contenido: no era de agua, ni de alcohol, ni siquiera un simple refresco. Era una botella típica de náufrago, con el pertinente tapón de corcho. En el interior descansaba una hoja de papel retorcida.
Llegados a aquel punto de mi relato, la señorita parecía a punto de explotar. Necesitaba saber qué había escrito en el papel, y cómo no iba a necesitar saberlo. Era la inversión de la situación, donde es el náufrago el que recibe el mensaje, y no el que lo envía. Tenía a la señorita sexy en ascuas y me encantaba. Me hice el remolón, disfrutando de aquellos segundos extra que estaba ganándome, aportando innecesario dramatismo.
Qué decía, qué decía, insistió ella. Y finalmente tuve que contestarle:
Nada. Se trataba de un folletín de propaganda.

La expresión de su rostro fue suficiente para comprender al instante que estaba contratado.

domingo, 14 de febrero de 2016

Terapia de choque.

Ya atardece todo rojo a mis espaldas, Max, cuando desafío al sol a esconderse antes de que llegue a puerto. La carretera es una confluencia de polvo y alquitrán por donde circulan las ruedas del Impala y, a causa del viento que ha soplado esta mañana, el coche está salado, qué digo, saladísimo; la pintura se desconcha a la misma velocidad que disminuye el combustible mientras piso el acelerador sin atreverme a hundirlo por completo. Pero en realidad no voy al puerto, sólo era una manera de hablar. Voy al Lux. ¿Qué es el Lux? Su nombre significa luz en latín, por lo que obligatoriamente se trata de un antro sucio, sórdido y muy, muy oscuro. Y también barato.
Dejo el Impala en el aparcamiento, medio vacío, y camino los escasos pasos que me separan de la puerta del local. El gorila que la franquea se me queda mirando como si viniera de otro planeta, pero me permite el paso cuando hago ademán de entrar. Le doy las buenas noches, tratando de ser educado, pero no se digna a responderme. A los cinco segundos me he olvidado de él.
Una vez dentro es tan fácil como dejarse llevar por la atmósfera. Independientemente de lo que esté sonando, los principios siempre son difíciles. Soy un tío lento y terco, por lo que los primeros minutos debo pasarlos en la barra, amarrado a mi primera copa, murmurando por lo bajo (o quizá sólo mentalmente) lo horrible que es el lugar. El proceso de adaptación dura aproximadamente hasta la tercera copa, si la noche es especialmente complicada, puede que necesite cuatro. Cinco, seis, y entonces desaparecen las preocupaciones. Soy adicto a la despreocupación, toda mi vida gira en torno a ese concepto: lunes por la mañana, nueve en punto. Lo primero que ocupa mi mente al despertarme es la obligación de levantarme. Es típico, lo sé, ¿quién coño quiere levantarse pronto? La gente que se quiere, qué digo, los que se adoran. Los que saben (o no lo saben pero lo intuyen) que es necesario levantarse pronto para hacer cosas de provecho. Y ahí está justamente el punto de inflexión. ¿Qué cosas son de provecho? Porque yo vivo con la inconfesable certeza de que me estoy muriendo.
No nos pongamos dramáticos. No padezco cáncer, ni cirrosis hepática, ni siquiera granulomatosis de Wegener, que teniendo en cuenta mi edad es un tipo de vasculitis que todavía tardaré unos cuantos años en contraer. Mi diagnóstico es mucho más sencillo: pesimismo crónico. Soy incapaz de ver las cosas de un modo positivo, brillante. Por eso soy un adicto, porque no sé vencerme a mí mismo, y si no puedes con tu enemigo, únete a él. ¿Que me estoy matando lentamente? Pues sí, y conscientemente. Seguramente penséis que soy un gilipollas que no aprecia el regalo de la vida, un desaprensivo sin voluntad, que teniendo todas las herramientas para triunfar, se marchita en su propia miseria. Y la verdad es que tenéis toda la razón del mundo, aunque yo lo llamo de otra forma: lucidez.
Sabes, Max, hay una serie de cosas de las que estamos seguros pero no nos atrevemos a pensarlas en primer plano. Pongamos, ahora que estamos en la era digital, que nuestro cerebro es un ordenador. Están todos aquellos programas que voluntariamente (o eso creemos) ejecutamos. Pensamos en fútbol, en política, en dinero, en mujeres. Yo pienso un montón en mujeres, seguro que tú también. Incluso las mujeres piensan una barbaridad en mujeres. ¿A quién no le gusta pensar en mujeres? Sin embargo, luego están los procesos en segundo plano. Estás andando por una calle cualquiera cuando te cruzas con dos preciosidades, una es morena con los ojos verdes, los pómulos subidos y la nariz un pelín demasiado grande. La otra también es morena, de ojos achinados y marrones, párpados languidecientes y facciones angelicales. Estás concentrado en los valores bursátiles de tal o cual, en la cena del martes con el grupo de pádel, en si el color verde será adecuado para la habitación de tu hijo nonato. No importa, estás a lo que llamaríamos tu rollo cuando te cruzas con ésas dos, te despistas un momento, las miras de refilón (no dejas de caminar, no eres tan animal) y te permites un descanso momentáneo para decirte: qué jodidamente guapa era la de la izquierda.
Y una puta mierda. Ésa es la mentira que te cuentas a ti mismo, a tu yo civilizado, a la fachada que has creado con tanto sacrificio. ¿Sabéis cuál es la única manera de convencer a los demás de que la ficción es la realidad? Creyéndoselo uno mismo. Fingiendo hasta el punto en el que eres incapaz de discernir la una de la otra, como dos mujeres igualmente preciosas pero indiferenciables. Eso es lo que hacemos, eludimos reflexionar sobre los procesos en segundo plano que nuestro ordenador cerebral activa: ¡Guapísima esta pava! Te dices a ti mismo, Max, porque te lo dices, visualizas en tu imaginación cada uno de los vocablos y los lees como si se trataran de subtítulos. Pero no es así. En el fondo, y lo sabes, aunque te joda, has estado analizando, comparando sus tetas, concibiendo culos perfectos, repasando el Kamasutra, soñando despierto con lo que le harías a una u otra. No importa si tienes mujer, hijos, estás soltero, divorciado. Todo eso es increíblemente contingente, marginal. Eres un simio salido, esa es la verdad, un mono pajero que lleva unos Levis’ vaqueros por encima de unos Calvin Klein de cuarenta pavos la unidad, es decir, un completa absurdidad, un esperpento de ti mismo que no tiene miedo de mirarse al espejo cóncavo porque ha luchado con tanto ahínco por esa imagen de sí mismo que ahora sería una pena echarla a perder.
Yo soy siempre así. Consciente. Directo. Trágico. Hasta que llego a la octava copa y entonces todo cobra sentido. La música, la falta de Lux (vaya mierda de chiste), las ocho horas seguidas del barman a también ocho euros cada una. Un led verde se torna rojo en mi cabeza y entonces es cuando se apagan mis sensores y soy feliz de verdad: ya no analizo, desaparecen mis procesos en segundo plano. Me simplifico, y, por lo tanto, se desintegran mis preocupaciones. Todo aquello que antes me parecía incoherente cobra de golpe sentido. Con la décima copa rebaño los últimos vestigios de ansiedad en mi cabeza y por fin alcanzo la libertad. La libertad de un heroinómano colocado, sí, pero libertad al fin y al cabo.
Ligero de equipaje mental, paseo la vista por el Lux. No se ve una mierda, pero no me hace falta. Me basta con la intuición. Cada persona tiene un aura (cuando vas borracho) y el color del aura determina cómo es esa persona. Si es verde, es que es pacífica. Si es roja, es que se quiere pegar. Estas dos son las clásicas, las asociaciones inconscientes más normales. Pero ahora vienen las interesantes: si es azul eléctrico, es que vende drogas a buen precio, si es naranja es que está triste y por lo tanto es vulnerable. Por el contrario, si tiene dos colores, es que no es alguien de fiar, puesto que un día se comporta de un modo y al siguiente hace todo lo contrario. El Lux, al ser un sitio de mierda, siempre está lleno de naranjas y azules eléctricos. Pero esta noche hay algo sobrenatural. Allí, en mitad de la pista de baile (por llamarla de algún modo, porque quiere ser una pista de baile y no de patinaje), hay un aura que destaca, como si un foco la alumbrara perennemente. Se trata de un aura morada, la más extraña de todas, un aura rarísima que lleva dos características asociadas: la primera, es que es un espécimen ideal. La mujer perfecta, el príncipe azul, el Santo Grial. Lo que más desees en el mundo. La segunda característica es el dolor. Lo mejor y lo peor, el ying y el yang, la luz y la oscuridad.
De todas formas, ¿cómo resistirse? Si total, de algo hay que morirse, al menos que sea de forma intensa. A mí me gustan las pelirrojas, es más, me fascinan. Por lo tanto, se trata de una pelirroja. Una pelirroja altísima, Max, aunque quizá son los tacones; pecosa, nariz respingona y barbilla ligeramente afilada. Lleva una blusa blanca y sólo ligeramente escotada, unos pantalones vaqueros ceñidos y no me atrevo todavía a preguntarle de qué marca son sus bragas, aunque en mi cabeza ella me responde que no lleva. Yo también soy un mono lujurioso, qué le vamos a hacer.
No hay a nadie a su alrededor. Es decir, me explico. Hay gente a su alrededor, muchísima. Los buitres la cercan y las otras mujeres la contemplan con abierta hostilidad, especialmente las de aura amarilla (aura amarilla: falta congénita de autoestima), que aunque no son conscientes de su color sí que pueden sospechar algo extraordinario en su más temible adversaria. Pero, mientras que el contacto físico es una constante entre el resto de asistentes, parece que entre todos hay un pacto tácito por el cual ella merece una atención especial, tiene derecho a diez centímetros de distancia en dirección a cualquier otra epidermis. Así que ella está en su burbuja, con los ojos cerrados, viviendo el momento. Y yo la veo desde mi refugio en la barra y el corazón se me acelera, es un topicazo, sí, pero también la verdad. A ciento y pico pulsaciones por minuto podría estar haciendo ejercicio físico intenso, pero es que acabo de ver una morada. Una jodida morada en el Lux.
Apuro de un solo trago la undécima copa y me dirijo sin titubear (o eso creo) hacia ella. Me abro camino entre miríadas de idiotas musculados y solteronas repeinadas, cosechando sus ceños fruncidos llenos de desaprobación. No me empujes, gilipollas, me dicen sus cejas arqueadas, pero me la sudan más que el gorila de la puerta. Llego al mismísimo epicentro de la pista de baile, allí donde se originó todo, y me desprendo de mis miedos más atávicos con la facilidad que sólo puede concederme el alcohol. Intento llamar su atención chillándole en la oreja, pero ella está en trance y no me oye. Tras intentarlo un par de veces, me decido a ponerle la mano en el hombro, aunque lo hago con mucha suavidad, temiendo que esté electrificada. No lo está. Al sentir mis dedos abre súbitamente unos ojos inaccesibles y la muy guarra (digo guarra porque en el fondo, y en la superficie, soy un cerdo machista) me folla ella a mí con unos iris que son puro ónice.
    —Te he visto desde lejos y me he acercado para decirte que brillas con luz propia cuando bailas en este tugurio de mierda —grito con todas mis fuerzas para que mi mensaje le llegue a través del ensordecedor barullo.
    —¡Muchas gracias! —contesta ella, sorprendentemente amigable. Después su rostro se contrae en una expresión enigmática—. ¡La carretera, la carretera!
    —¿Cómo dices? —pregunto sin entender a qué se refiere.
    —¡Por favor, presta atención a la carretera!
Mis ojos, mucho más accesibles que los suyos, se abren repentinamente. Doy un volantazo mientras busco a tientas el freno y por suerte lo encuentro a la primera. El Impala se me cala y el motor ruge de una forma excesivamente fea. Abro la puerta y salgo un momento a contemplar la noche infinita. Me cago en su putísima madre, grito a pleno pulmón para todo aquél que quiera escucharme, que seguramente es nadie.

Al final, Max, estoy doblemente jodido. Porque no tengo ninguna puta prisa por morir.

viernes, 22 de enero de 2016

El Gran Debate

1.
Tres figuras aparecieron en la azotea a través de una vetusta puerta de madera mal cerrada. La luz de la Luna llena perfiló sus contornos contra las baldosas descoloridas mientras, uno a uno, escogían una silla y se sentaban.
     —Qué pasada, la Luna se ve increíble a través de los hilos de tender —comentó Jorge Feix.
Hacía frío pero no les importaba. Los tres compartían una característica crucial: estaban huyendo, lentamente, sin prisas. De sus familias, del trabajo, de la monotonía o simplemente de la muerte. La azotea les ofrecía asilo, un lugar donde beber, fumar y, sobre todo, hablar. Hablar sin molestias ni interrupciones. Hablar de temas recurrentes y del poco sentido que encontraban a sus vidas. Hablar hasta que despuntara el sol, si hiciera falta, aunque nunca lo hacía porque se volvían a casa antes.
     —¿Sabéis qué es lo que más me gusta del invierno de Madrid? —intervino Claudio Palmer.
     —Ni idea —respondieron al unísono tanto Jorge Feix como León Machado.
     —¡Que no se te calienta la cerveza!
Entre risotadas olvidaron por un momento lo que eran. Tres jóvenes en edad de comerse el mundo, tres agujeros negros voraces de aventuras que desafiaban al futuro a escurrirse entre sus dedos. La risa acudió genuina y acompañada de toses y palmadas en los muslos. Por un momento, quizá sólo uno, volvieron a ser niños chicos y despreocupados.
Tres días antes era 29 de diciembre. Se acercaba el año próximo y las luces navideñas adornaban calles y portales por igual. Los tres hombres avanzaban por las aceras a buen paso, dominados por una prisa que sólo existía en sus cabezas.
     —Mirad, todo empezó con el Sida Stadium —dijo Claudio Palmer.
     —¿Qué es eso? —preguntó Jorge Feix
     —Es nuestro parque. Nos juntamos allí todos los colegas, la mayoría nos conocemos del San Juan. Nos traemos nuestros litros y nuestros canutos y echamos ahí la tarde o la noche. Regularmente llevamos ahí algún sofá o butaca desvencijados, de esos que la gente pretende tirar, pero los vecinos acaban dando el parte y siempre desaparecen al poco tiempo.
     —¿El Sida Stadium? Vaya nombre macabro, ¿no? —apuntó León Machado.
     —Ya ves. Lo llamamos así porque cuando nos lo apropiamos estaba lleno de jeringuillas por todas partes. Está completamente cercado y sólo tiene una entrada. Si no eres del barrio te da miedo entrar ahí. Es perfecto para nosotros, intimidad al aire libre y los pollos han venido apenas dos veces en varios años. Lo único malo es que todo es gravilla y asfalto… —Echó una ojeada inquisitiva a los otros dos— Vosotros no sois mucho de calle, ¿verdad?
Feix y Machado se miraron con complicidad. Palmer tenía toda la razón, no lo eran.
     —Si lo preferís a un parque cualquiera, podemos llegarnos a mi casa —ofreció Machado—. No es el Sida, pero servirá. En la finca somos pocos y nadie sube a menudo. Creo que el principal usuario soy yo, y sólo me acuerdo de ella en verano. Arrastro la tumbona hasta allí arriba y me doy mis bañitos de sol.
Los otros dos estuvieron de acuerdo, por lo que apretaron todavía más el paso y se plantaron delante del portal en menos de diez minutos. Mientras Machado revolvía sus bolsillos en busca de las llaves, Feix paseó la mirada por los alrededores hasta dar con un cartel publicitario.
     —¡Eh, fijaos en esto! —exclamó Jorge Feix mientras, con un gesto de la mano, instaba a los otros dos a acercarse—. Debate preelectoral entre los dos grandes candidatos a las municipales. Fecha: 1 de enero.
     —¡No jodas! ¿Debate entre Sancho Pedrosa y Ramiro Millón? No podemos perdérnoslo. Claudio, ¿tú cuando te vuelves a Madrid?
     —Pues justamente el 2. Yo me apunto, ya sabéis. Me aburro con mis primos. Prefiero salir de casa.
La azotea estaba en el cuarto piso. Pasaron por el primero y el perro del vecino les ladró. A la altura del segundo volvió a ocurrir, aunque esta vez se trataba de Miniatura, el perro de León, que aullaba de alegría. El alboroto despertó la curiosidad de la compañera de piso de León, es decir, su madre. Ésta abrió la puerta y los saludó con efusividad.
     —¿Adónde vais, León? —preguntó su madre con cierto retintín.
     —Pues íbamos arriba a fumarnos unos canutillos con el colega de Jorge, que es de Madrid y apenas se queda aquí unos días.
Ella lo miró por encima de las gafas y no dijo absolutamente nada. Su silencio parecía estar a caballo entre la desaprobación y la resignación. Cuando, tras haberse despedido, cerró de nuevo la puerta, la comitiva formada por tres muchachos y un perro subió los pocos peldaños que los separaban de la cima del inmueble.
     —¡Dios, esto es una pasada! —Claudio Palmer, asombrado, daba vueltas por el tejado mientras sonreía ampliamente—. ¡Esto es incluso mejor que el Sida!
Feix escogió la tumbona en la que Machado tomaba el sol en verano. Los otros dos se conformaron con sillas ordinarias. Se arrebujaron en sus respectivos abrigos y se frotaron las manos para calentarse. Palmer había comprado cerveza, que fue circulando de uno a otro.
     —¡Turita, ven aquí! —dijo León mientras se daba golpecitos en el vientre. Miniatura se acercó sin dudarlo y se acomodó en su regazo.
     —¡Incluso tenemos un perro! —gritó Palmer, maravillado—. ¡Si yo paso la cerveza, vosotros pasáis el perro, eh!
     —Treinta y cinco kilos de perro, mezcla de bóxer y braco. Perfecto para deshacerse del frío invernal —concluyó Jorge Feix—. ¿Qué ser vil no disfrutaría de la presencia de un perro-gato? Llamarlo Miniatura es, cuanto menos, irónico.
A la media hora los tres amigos se encontraban en su Shangri-La particular. Feix y Machado podían visitarlo a placer, mientras que Palmer, que venía de fuera, no estaba seguro de cuándo tendría la oportunidad de volver. Por eso fue él quien realizó la propuesta:
     —Escuchad, a ver qué os parece. Quedan tres noches hasta que llegue el año nuevo. ¿Qué os parece si nos reunimos aquí durante las tres y celebramos juntos el fin de año? Una historia cada noche y veremos  quién es más original. ¿Qué os parece?
La Luna, creciente, destellaba en lo alto, aportándole a Palmer la cantidad justa de luz mortecina como para que pudiera liarse uno. Tanto Jorge Feix como León Machado estuvieron encantados con el plan.
     —La verdad —empezó Feix, haciendo una pausa dramática para captar la atención de sus compañeros— es que todo esto parece de película. La azotea, la Luna, los ronquidos de Miniatura, el desdén hacia la atura y  el reloj campanario dando la una. Joder, debería escribir sobre ello. Una lástima no tener la libreta a mano.
     —Anda, cállate ya —atajó Machado con naturalidad—. Centrémonos. Esta noche ya cuenta, así que, ¿quién empieza?
     —Va, voy yo —dijo Feix mientras cogía carrerilla verbal—. Os pongo en situación: una canción que suena como un hombre y una mujer flirteando; suena a prohibido, a tentación, a disparate. Entra un coche en escena, acelerando. Acelerando mucho, casi demasiado. Las puertas están cerradas y los cristales tintados. La música, que sale de dentro del vehículo, se escucha perfectamente desde fuera. Las orejas deben sangrarle al conductor. Así que justo en el clímax, el coche traspasa indemne el portón doble del templo y en una fracción de segundo recorre la distancia que lo separa del altar sin causar desperfecto alguno. En el último instante derrapa silenciosamente, con delicadeza, casi acariciando el freno de mano, y sólo cuando una de las llantas roza directamente con la sotana del párroco, éste consiente en parar el oficio. El sacerdote espera calmado a que la ventanilla se deslice hacia abajo para mostrarle el rostro de una mujer joven. ¿Puedo ayudarla en algo, señorita? Pregunta el cura, todo miel. La señorita se queda callada, pensativa, hasta que, con una lentitud deliberada y exasperante, saca el brazo derecho por la ventanilla. Su puño cerrado exhibe el dedo corazón enhiesto y desafiante. Los rasgos del párroco se convierten en una mueca de consternación mientras que ella, la señorita, devuelve la mano al interior para subir todavía más el volumen. ¿Qué le parece el sonido del pecado, padre? Pronuncia ella con la voz rota, dejando que su mirada fulgurante queme al cura incluso a través de las gafas de sol.    
     —Sin duda, hay que alabar tu originalidad —dijo Claudio Palmer, atónito.
     —Jorge —añadió León Machado—, ¡está claro que no te falta imaginación!

2.
Al día siguiente convinieron en verse en el mismo lugar a la misma hora. Pasaron los primeros minutos de forma algo forzada, como si aquel lapso no fuera nada más que el preludio de algo mayor y más importante. León, que fue el primero en darse cuenta de la situación, tomó la iniciativa e inició aquello que todos estaban esperando.
     —Venga, voy a explicaros la mía —dijo León Machado para romper el hielo—. Practico jiujitsu. Soy cinturón azul, tercer dan. Os queda claro, ¿no? He salido de fiesta. Sí, sí, es todo muy típico, pero es que no importa, lo que importa es lo de ahora. Estoy triste, muy triste, y necesito que esa tristeza se convierta en algo positivo, como por ejemplo una buena pelea. Me apetece muchísimo darme de hostias, trasladar a otra persona el dolor que siento yo en mi interior.
Es tarde, quizá las 5 de la madrugada. Voy solo por unas calles mal iluminados cuyo nombre no alcanzo a recordar. La ciudad está muerta, no hay ni un alma, aunque tampoco la oiría. Voy borrachísimo. Mis amigos, si es que tengo alguno, hace tiempo que se han quedado atrás. Han cogido el bus de vuelta a sus casas o, viendo mi estado de ánimo, han optado por fingir que los vómitos no les permitían continuar. Al final, las cosas importantes tienes que hacerlas tú solo. Todavía falta mucho para mañana.
Me entran ganas de mear y ni me molesto en esconderme. Me bajo la bragueta en mitad de la calzada y libero un chorro exagerado. Diez segundos, veinte, treinta. Por un momento, el placer de la micción me hace olvidar el rostro de Leire. Porque se llamaba Leire, en pretérito imperfecto, ya que está muerta para mí. Y el rostro de Leire abandona mi hipocampo para dejar paso a los tres mastodontes que avanzan confiadamente hacia mí. Noto como retumban los timbales en mis oídos y se me calienta la sangre y el corazón. La técnica gana a la fuerza, pero el corazón vence a la técnica. Y esos tres hotentotes no tienen ni idea de cuánto corazón tengo yo.
Me subo la bragueta y sigo mi camino, silbando. Cuando me los cruzo uno de ellos me hace un ademán. Solícito, me paro para ver qué quiere. Perdona, amigo, ¿tienes fuego? Por supuesto que tengo fuego, le contesto, y mientras que simulo llevarme la mano izquierda al bolsillo derecho, roto la cadera para propinarle una patada en toda la cara. Primero, el crujido de la nariz al romperse, luego el golpe sordo del cuerpo tocando el suelo. Antes de que sus amigos puedan reaccionar, aprovecho la inercia del choque para asestarle un directo de izquierda al que más cerca tengo. A los timbales se les han sumado otros instrumentos y la melodía me seduce una barbaridad. De un gancho de derechas acabo de tumbar al segundo coloso, doy media vuelta y con una sonrisa de maníaco me quedo plantado ante el tercer gigante.
En mi delirio, cada uno de ellos medía por lo menos metro noventa. Ahora dos de ellos ocupan metro y medio en posición horizontal. Apenas puedo pensar, estoy convertido en pura intuición; ha empezado una danza que necesito terminar. El tercero, acobardado, aprovecha el respiro que le he dado para tratar de huir. Me enfado. Salgo tras él como una exhalación y lo alcanzo en una docena de zancadas. Lo acorralo, juego con él. Quiero ver si pedirá clemencia o si, al menos, presentará batalla. Vuelvo a sonreír.
Quiere luchar y eso me encanta. Levanta los brazos, intentando subir la guardia, y al instante me doy cuenta de que no ha boxeado en su vida. Con unas pocas fintas le fuerzo un fallo defensivo y aprovecho la oportunidad para cogerlo con un mata león. Podría ahogarlo hasta que perdiera el conocimiento, pero no lo hago. Jiujitsu significa arte suave, y muy suavemente le aprieto el gaznate. Inexorablemente, aunque sin dejar de removerse, va perdiendo las fuerzas hasta casi perder la consciencia. Me cae bien, ha luchado una batalla perdida, así que lo deposito en un oportuno charco con satírica delicadeza.
Sin apenas sorprenderme compruebo que sus dos compañeros ya no están por ninguna parte. Registro los bolsillos del caído y me hago con su móvil y su cartera. No me molesto en mirar si hay dinero dentro. Curiosamente, también lleva una libreta y un bolígrafo. La abro, pero está en blanco. Entonces la música se acaba abruptamente y vuelvo en mí de forma brusca.
Cierro los ojos con fruición unas cuantas veces mientras aprieto las mandíbulas. Le quito el tapón al bolígrafo y respiro profundamente. He acabado con tres tipos sin apenas esfuerzo, pero un solo pensamiento relacionado con escribir es capaz de hacerme sudar copiosamente. Cuando por fin me decido, trazo dos líneas sobre el papel. Lo hago con tanta fuerza que desgarro aquella página y las tres o cuatro siguientes. Vuelvo a respirar hondo, lo intento una vez más. Dos líneas rectas, una vertical, una horizontal. Una ligeramente más larga que la otra. Una L mayúscula.
Arranco la hoja con furia y la hoja me arranca un grito de la garganta. Cállate, pienso. Cállate de una puta vez. No grites, no hables, no pienses. Así que con las dos manos convierto el papel en una bola diminuta, me la meto en la boca y trago sin dudar.
Abro los ojos de golpe y entonces, por fin, me permito vomitar.
     —¿Tenías que contar ésta, verdad? —preguntó Jorge Feix mientras sonreía.
     —¿Me he perdido algo? —Inquirió Claudio Palmer, divertido.
     —No te preocupes, son cosas nuestras, Claudio —finalizó Machado—. Si supieras la verdad detrás de toda historia, ¿dónde estaría entonces la magia?

3.
La tercera noche culminaba el improvisado acto simbólico. Tres personas, tres noches, tres sillas, tres historias. Fin de año se presentaba como una festividad insulsa: de la exaltación de años pasados ya no quedaba ni rastro. Se trataba de un momento cualquiera; 31 de diciembre, la rúbrica que nos indica el momento exacto en el que transitamos de un número al otro, matemática y nada más. Pero, al menos, la Luna estaba tan llena como sus vasos de cerveza marca blanca.
     —Últimamente me siento desapasionado —dijo León Machado—. ¿Sabéis esa gente que es la mejor del mundo en alguna disciplina? Esos tíos tienen que estar todo el día pensando en lo suyo. Por ejemplo, un futbolista. Debe estar todo el día corriendo detrás de la pelota, física y mentalmente. Si no, ¿cómo llegas a ser el mejor? Dedicándole 8 horas al día no basta, ni siquiera 16. Tiene que ser 24/7. Y todo eso me da algo de envidia, porque yo ni soy el mejor en nada ni tengo una auténtica pasión.
     —Quizá —intervino Claudio Palmer— es justamente eso lo que debería liberarte. No eres el mejor en nada ni tienes ninguna pasión que te esclavice. De puta madre, ¿no? Tienes tu vida toda para ti, sin responsabilidad. Nadie espera que levantes el país, que liberes a los rehenes, que apagues el incendio. Tienes ante ti un abanico de infinitas posibilidades por explorar. Ocurre igual que cuando te revelan una canción de esas que te fascinan; rápidamente buscas el nombre del grupo y seguro que todos nos decimos para nuestros adentros: cómo voy a disfrutar cada uno de los temazos que estoy por descubrir.
La conversación acabó en el momento justo que pisaron la azotea. Cada uno de los miembros del trío reflexionaba individualmente sobre las palabras pronunciadas. Mientras iniciaban los rituales propios del tejado, Jorge Feix decidió hablar por primera vez en un largo rato:
     —¿Y las mujeres?
     —¿Qué quieres decir? —Había pasado ya tanto tiempo que León había perdido el hilo de los pensamientos del otro.
     —La pasión. ¿Y si la sientes por una mujer? O por un hombre, vaya, cada uno según sus gustos. Lo que quiero decir es: ¿y si te apasiona otro ser? Es más, ¿y si te apasionas tú mismo?
     —¡Para el carro! —Claudio Palmer levantó la cabeza de sus manualidades para meter mano a la charla—. Dejaos ya de filosofía barata, suficiente tuve yo con la obligatoria. ¿Queréis una historia que aúne el ego y las mujeres? No os preocupéis, ésta es mi noche y yo soy vuestro hombre. Así que prestadme vuestros oídos, porque no os decepcionaré:
La historia se divide en dos partes. Está él y está ella, el ying y el yang, la luz y la oscuridad, la tesis y la antítesis.
Es la clase de hombre que tiene cantidades ingentes de dinero. Nunca ha tenido que preocuparse por él y, en consecuencia, no lo valora demasiado. Una de sus principales aficiones consiste en mirar mujeres, así que tiene una habitación reservada para ello.
Se acomoda en la mejor butaca de su ático y reclina el respaldo hacia atrás. Se hace servir un sándwich (no le gustan los platos elaborados) mientras añade tres hielos a su combinado. Acto seguido, da dos fuertes palmadas y empieza la función. Las luces se apagan por completo y un foco ilumina un punto en concreto del escenario ante el que se sienta. De una puerta lateral empiezan a desfilar mujeres: lentas, rápidas, sensuales, ariscas, vestidas o desnudas. El foco las va siguiendo una a una mientras que él, masticando su sándwich, goza del espectáculo. Aunque no pierde detalle, no actúa en ningún momento. Se limita a contemplar, con las piernas cruzadas sobre el reposapiés y la barbilla impregnada de aceite.
Cuando considera que ha tenido suficiente, reitera los mismos golpes del inicio y entonces la oscuridad y el silencio vuelven a hacerse dueños de la situación. No siente ningún interés sexual por las mujeres, no desea poseerlas. Simplemente le gusta tener algo bonito que mirar mientras cena.
Ella se llama Sally y tiene un león tatuado en la parte izquierda de su cuello para no olvidarse jamás de lo horrible que llegó a ser en un momento dado. Un perenne memorando, una alusión escrita en tinta. En cuanto al resto, Sally es bastante honrada. Como toda la gente honrada, va cortísima de dinero, por lo que además de su empleo en el supermercado, tiene un grupo de música. Sally es cantante.
Su principal afición es llegar a casa después de ocho horas de aguantar gilipollas en el curro, quitarse los zapatos sin hacer uso de las manos, acabar de desnudarse por completo (ahora sí usando las manos) y meterse en la ducha. A medida que el agua caliente, casi ardiendo, le circula por la piel, siente cómo el ánimo se recupera lentamente y le vuelven las ganas de cantar. Así que canta, canta fuerte, ayudándose del eco que le proporciona la acústica de la ducha, y se imagina escenarios futuros donde se gana la vida con su voz y no con sus manos.
Varios meses después sus vidas se cruzan. El escenario está al aire libre y los altavoces hacen vibrar el suelo con los bajos. Ella surge de la penumbra y recibe una ovación ensordecedora. Por casualidades de la vida, él está allí y la oye cantar. Canción a canción, su interés va aumentando. Quizá sea el timbre, el mensaje, la actitud con la que canta. No está seguro, pero le gusta. Es más, lo tiene fascinado, hipnotizado. Y entonces, Sally.
Sally está totalmente entregada al espectáculo. Nota cómo se le desgarra la voz en cada agudo, pero no le importa. Está tan inmersa en su papel que apenas comprende la realidad; sólo tiene cabida la música. Llega a la última canción fuera de sí, vagando sin rumbo en un mar de éxtasis, hasta que una brutal revelación sacude su cerebro. Sabiendo exactamente lo que tiene que hacer a partir de ahora, se relaja. Deja el micro en el soporte para tener las manos libres y las usa para jugar con sus ropas. Cada uno de sus movimientos es grácil, acompasado. Fluye como nunca lo ha hecho; está poseída por alguna entidad superior que la obliga (aunque se deja) a actuar así como lo hace. En el apogeo, cuando la canción está a punto de volverse insostenible, se lleva los brazos cruzados a la parte baja de su camiseta y se la sube durante un instante por encima del cuello, dejando al descubierto sus tetas. Una fracción de segunda que basta para comprobar que son dos, son redondas y aunque de tamaño mediano, por las circunstancias que las rodean, resultan increíblemente cautivadoras.
Los vítores del resto de los espectadores impiden escuchar cualquier nota. Él se queda con la boca totalmente abierta, anonadado ante aquello que acaba de presenciar. Se dice a sí mismo que tiene que hacerse con ella, comprarla, lograr que le cante en privado.
Se pasa los siguientes meses cortejándola. Unas flores aquí, unos bombones allá. Usa sus contactos para verse en directo, trata de seducirla, conquistarla. Sally permanece impertérrita a sus encantos. Promesas de grandeza, contratos discográficos, paladeo de lujos sin parangón. Él intenta todo lo que está a su alcance, pero ella lo rehúye.
Sally sigue trabajando en el súper y cantando con su grupo. Alguna vez se ha sentido tentada a ceder, cosificarse, convertirse en propiedad y por lo tanto solucionar la mayoría de sus preocupaciones. Pero no lo hace; una vocecilla interior (dogmática, etérea, irresistible) la insta a rebelarse y a seguir siendo ella misma. Así que Sally, en la última canción, en el último santiamén, se levanta la blusa para ofrecer al mundo entero la visión de sus tetas veinteañeras.
Él está dominado por la rabia y la frustración. Se siente despreciado por aquello que más desea. Todos sus intentos han sido en vano, reducidos a cenizas por la incorruptibilidad de la muchacha. Y encima, como broche, como guinda, se desnuda delante de todo el que la quiera ver. Sally ofrece gratuitamente aquello por lo que él daría todo el dinero que posee. Es una afrenta a la ley de la oferta y la demanda. Es un sacrilegio cometido contra todo lo que es sagrado para él.
Pero cada noche Sally vuelve a casa y se mete pronto en la cama para apagar la calefacción, mientras que él se encierra en su ático y no para de ver desfilar mujeres cuya cara le recuerdan a la de Sally.
     —Joder —dijo Feix cuando Palmer hubo acabado el relato—, esto ha sido intenso, tío.
     —Sin embargo —apuntó Machado, con el rostro reflejando consternación—, ¿cómo está la historia exactamente relacionada con lo que yo hablaba antes?
Entonces Claudio Palmer, como si lo hubiera tenido todo planeado desde un primer momento, permitió que se le iluminaran las facciones antes de responder.
    —León, tío. Si te explico el truco entero, ¿dónde queda la magia?

4.
El día 1 de enero amaneció frío y taciturno. Los tres protagonistas acabaron la noche en su azotea, brindando con champán y celebrando la llegada del año nuevo. La historia de Palmer les había encogido el corazón, aunque nada que ocho horas de sueño no pudiera salvar. Tras levantarse tarde, vestirse y comer algo, se vieron los tres por la tarde con la intención de despedirse. Al día siguiente Palmer iba a coger un avión hacia Madrid, así que querían aprovechar sus últimos momentos juntos. Cogieron un bus y se dirigieron a las afueras, donde se celebraba el famoso debate preelectoral.
A pesar de que llegaron con tiempo de sobra, el estadio estaba a rebosar. Las paredes estaban decoradas con carteles que rezaban frases tales que: “Vota Ramiro Millón, por un futuro mejor” o “Sancho Pedrosa. Con tu voto podemos vivir en una ciudad mejor”. Los tres jóvenes, desencantados con la política, se burlaban y parodiaban los manidos eslóganes electorales. En un cartel en concreto alguien había dibujado un parche pirata en el ojo de Sancho Pedrosa. Había ciudadanos que paraban aposta para fotografiarse junto al cartel alterado.
Tuvieron que rebuscar para encontrar tres asientos juntos libres, pero dieron con ellos cerca de una de las esquinas, donde la visibilidad era poco más que nula y el frío, potente en aquel primer de año, les hacía apretar los dientes y cubrirse con las bufandas. Para no pensar constantemente en las incomodidades que sufrían, Jorge Feix habló a León Machado.
     —Escucha, León. Este año me siento pensativo. Nunca debimos acorralar aquel tío en el callejón, ¿verdad?
     —¡Si no lo hubiéramos hecho aún tendrías tu libreta, cabrón!
     —Espera, espera, espera —intervino Palmer— ¿Me estás diciendo que la historia del jiujitsu no es inventada?
Claudio lanzó su pregunta a la vez que se fijaba por primera vez en el centro del estadio. En lugar de encontrarse con una mesa o quizá un atril donde dos adversarios pudieran debatir cómodamente, sus ojos avistaron un cuadrilátero profesional. Se disponía a preguntar al respecto, obviado el tema del callejón, cuando una voz en off pronunció el nombre de los dos candidatos por megafonía. De puertas opuestas, los excelentísimos señores don Ramiro Millón y don Sancho Pedrosa salieron corriendo, gritando y enarbolando los brazos enguantados. El primero llevaba los pantalones azules y el segundo rojos, ambos símbolos de sus respectivos partidos políticos. Su carrera los acercó al cuadrilátero donde llegaron mecidos por los vivas del gentío que se había congregado.
El moderador, vestido de negro y armado con un silbato, procedió a declamar los currículos de los dos aspirantes. Tras separarlos y obligarlos a saludarse, se apartó con agilidad y sonó la campana que anunciaba el primer round.
Claudio Palmer, estupefacto, no podía creerse la ceremonia que estaba presenciando. Sin salir de su estupor, atinó a preguntarle a Jorge Feix.
     —Jorge, ¿de verdad que no estoy soñando? ¿Esta no es una de las historias de la azotea?

    —Por favor, Claudio —replicó Jorge Feix—. ¿Es que acaso en Madrid los políticos no debaten así?